Solidaridad y Cooperación Internacional
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El conflicto Israel-Palestina
El conflicto entre Israel y Palestina tiene un complejo origen que combina factores históricos, políticos, territoriales y religiosos. Sus raíces modernas se sitúan a finales del siglo XIX, con el auge del movimiento sionista y la progresiva llegada de población judía a la Palestina otomana, habitada mayoritariamente por población árabe. Tras la Primera Guerra Mundial, el territorio quedó bajo mandato británico, período durante el cual se intensificaron las tensiones entre ambas comunidades. En 1947, Naciones Unidas propuso un plan de partición que preveía la creación de dos estados, uno judío y uno árabe. La proclamación del Estado de Israel en 1948 y la guerra posterior provocaron el éxodo masivo de población palestina, central en el conflicto.

A lo largo de las décadas siguientes, varias guerras árabe-israelíes y la ocupación israelí de Cisjordania, Jerusalén Este y la Franja de Gaza en 1967 consolidaron una situación de conflicto persistente. Las intifadas palestinas, los asentamientos israelíes y los episodios recurrentes de violencia han contribuido a su cronificación.
Por lo que se refiere a los intentos de resolución, se han impulsado iniciativas diplomáticas como los Acuerdos de Oslo de los años noventa, que pretendían establecer una solución de dos estados. Pese a la mediación internacional y varias rondas de negociaciones, las discrepancias sobre fronteras, seguridad, Jerusalén y el derecho a la vuelta de los refugiados han impedido hasta ahora una solución definitiva. El conflicto sigue siendo uno de los principales focos de inestabilidad en Oriente Próximo.
La guerra del Yemen
El conflicto bélico de Yemen tiene un origen multifactorial que combina tensiones políticas internas, divisiones sectarias, fragilidad institucional y la intervención de actores regionales. Tras la unificación del país en 1990, Yemen experimentó una elevada inestabilidad política y económica. Este contexto se agravó a raíz de las protestas de la Primavera Árabe en el 2011, que condujeron a la dimisión del presidente Ali Abdullah Saleh ya una transición política incompleta bajo el liderazgo de Abd Rabbuh Mansur Hadi.

En 2014, el movimiento houthis, de orientación chií zaidita y originario del norte del país, aprovechó el vacío de poder para ocupar la capital, Saná, lo que desató la escalada del conflicto armado. En 2015, una coalición militar liderada por Arabia Saudí intervino en apoyo del gobierno reconocido internacionalmente, mientras que los houthis han recibido apoyo político y militar de Irán. Esta guerra ha tenido consecuencias humanitarias devastadoras, con millones de desplazados y una grave crisis alimentaria.
En cuanto a los esfuerzos de resolución, Naciones Unidas ha impulsado procesos de mediación y acuerdos puntuales de alto el fuego, como el Acuerdo de Estocolmo de 2018. A pesar de algunos avances limitados, las divisiones internas y los intereses geopolíticos externos han dificultado una solución duradera. El conflicto sigue abierto y representa una de las crisis humanitarias más graves del mundo contemporáneo.
La guerra de Myanmar
La guerra en Myanmar tiene raíces complejas y profundas que se remontan a décadas de conflictos internos entre el ejército central y numerosos grupos étnicos armados que reclaman autonomía o independencia. Las principales causas incluyen la falta de un estado inclusivo tras la independencia, la discriminación de las minorías étnicas y religiosas, la concentración del poder político y económico en manos de los militares, y la fragilidad de las instituciones democráticas. El golpe de estado de febrero de 2021, en el que el ejército derrocó al gobierno civil elegido, marcó un punto de inflexión clave en la evolución del conflicto.

Desde entonces, la violencia se ha intensificado notablemente. A la represión militar contra manifestantes pacíficos se le ha sumado la aparición de fuerzas de resistencia armada, como las Fuerzas de Defensa Popular, que colaboran con grupos étnicos rebeldes. El conflicto se ha extendido por gran parte del territorio, con graves consecuencias humanitarias: desplazamientos masivos, violaciones de derechos humanos y una profunda crisis económica.
Por lo que respecta a los intentos de paz, las acciones han sido limitadas y poco efectivas. ASEAN ha promovido un "consenso de cinco puntos" para favorecer el diálogo y reducir la violencia, pero la junta militar ha incumplido gran parte. La comunidad internacional ha impuesto sanciones y ha apoyado humanitario, pero sin lograr una resolución clara. Actualmente, muchos expertos coinciden en que sólo un proceso político inclusivo, con participación de todas las fuerzas y minorías, puede abrir el camino hacia una paz duradera.
De guerra a crisis humanitaria en Afganistán
Los conflictos armados en Afganistán tienen un origen largo y complejo, marcado por décadas de inestabilidad política, intervenciones extranjeras y divisiones internas. Entre las principales causas se encuentran la debilidad del Estado, las tensiones étnicas y tribales, la pobreza estructural, la corrupción y la instrumentalización de la religión por parte de grupos armados. El conflicto moderno se inicia con la invasión soviética de 1979 y continúa después con una guerra civil que facilitó el ascenso de los talibanes en los años noventa. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la intervención militar liderada por Estados Unidos derrocó al régimen talibán, pero no logró estabilizar el país a largo plazo.

La evolución del conflicto ha estado marcada por una insurgencia persistente de los talibanes contra el gobierno afgano y las fuerzas internacionales, con ataques constantes y un fuerte impacto sobre la población civil. Pese a los esfuerzos de reconstrucción institucional, la violencia y la inseguridad continuaron durante dos décadas. En 2021, la retirada de las tropas internacionales permitió el regreso de los talibanes al poder, abriendo una nueva etapa de incertidumbre.
Por lo que se refiere a las acciones para conseguir la paz, se han llevado a cabo negociaciones internacionales, como los acuerdos de Doha, así como misiones militares, ayuda humanitaria y programas de desarrollo. Sin embargo, estos intentos no han resuelto las causas profundas del conflicto. Actualmente, la comunidad internacional afronta el reto de promover estabilidad, derechos humanos y asistencia a la población en un contexto político muy frágil.
El conflicto de Irán
El conflicto relacionado con Irán tiene un origen complejo y multifactorial, estrechamente vinculado a su evolución política interna ya su papel geoestratégico en Oriente Medio. Un punto de inflexión clave fue la Revolución Islámica de 1979, que provocó la caída del régimen del Xa y la instauración de una república islámica de carácter teocrático. Este cambio supuso una ruptura con Estados Unidos y sus aliados, así como una política exterior más asertiva, basada en la defensa de la soberanía nacional y en la oposición a la influencia occidental en la región.

A lo largo de las décadas posteriores, el conflicto se ha intensificado a causa del programa nuclear iraní, que la comunidad internacional ha sospechado que podría tener fines militares, pese a las reiteradas afirmaciones de Irán sobre su carácter pacífico. Además, la participación iraní en conflictos regionales, como los de Siria, Irak o Yemen, ha aumentado las tensiones con otras potencias regionales y globales.
Por lo que se refiere a los intentos de resolución, destacan las negociaciones diplomáticas que culminaron en el Acuerdo Nuclear de 2015 (JCPOA), destinado a limitar el programa nuclear iraní a cambio del levantamiento de sanciones económicas. Aunque este acuerdo ha sufrido retrocesos, los esfuerzos diplomáticos siguen siendo la principal herramienta para la desescalada y la búsqueda de una solución pacífica y estable al conflicto.
En marzo de 2026, la intervención militar conjunta de Israel y Estados Unidos tiene como pretexto un cambio de régimen en el país, pero el conflicto se ha extendido de inmediato a otros países del golfo Pérsico. Las reservas petroleras de la zona parecen el objetivo más plausible de una situación que va camino de sumar muchas víctimas.
La cuestión inacabada entre India y Pakistán
Los conflictos armados entre India y Pakistán tienen su origen en la partición del subcontinente indio en 1947, cuando el fin del dominio colonial británico dio lugar a dos estados independientes. La principal causa de la confrontación ha sido la disputa por el territorio de Cachemira, una región estratégica y de mayoría musulmana reclamada por ambos países. A este conflicto territorial se añaden diferencias políticas, religiosas y nacionales, así como una profunda desconfianza mutua construida a lo largo de décadas.

La evolución del conflicto ha estado marcada por varias guerras abiertas (1947, 1965 y 1971), enfrentamientos armados puntuales y tensiones constantes en la Línea de Control que divide Cachemira. Con el tiempo, el conflicto ha adquirido una dimensión aún más peligrosa con la nuclearización de ambos estados a finales de los años noventa, lo que ha elevado el riesgo regional e internacional. Aunque no ha habido una guerra total reciente, los incidentes militares, los ataques terroristas y las respuestas armadas siguen generando inestabilidad.
Por lo que se refiere a los intentos de paz, se han impulsado diversas iniciativas diplomáticas, como el Acuerdo de Simla (1972), los diálogos bilaterales y medidas de confianza mutua, incluyendo alto el fuego parciales. Organismos internacionales como la ONU han intentado mediar con resultados limitados. A pesar de algunos períodos de distensión, el conflicto sigue sin una solución definitiva. La paz duradera depende de un diálogo sostenido, la reducción de la tensión militar y una resolución justa de la cuestión de Cachemira que tenga en cuenta las aspiraciones de su población.
La guerra en Siria
Los conflictos armados en Siria tienen su origen en las protestas populares iniciadas en 2011, en el marco de la Primavera Árabe. Las principales causas incluyen décadas de autoritarismo, la falta de libertades políticas, la corrupción, las desigualdades sociales y una grave crisis económica. La represión violenta de las manifestaciones por parte del régimen de Bashar el Asad provocó la militarización de la oposición y el estallido de una guerra civil compleja.

La evolución del conflicto ha estado marcada por la fragmentación del territorio y la intervención de múltiples actores internos y externos. Además del gobierno sirio y varios grupos rebeldes, han intervenido potencias extranjeras como Rusia, Irán, Turquía y Estados Unidos, así como grupos yihadistas como Estado Islámico. Esta multiplicidad de actores ha intensificado la violencia y ha prolongado el conflicto, causando cientos de miles de muertes y millones de desplazados y refugiados.
En cuanto a los intentos de acabar con la guerra, se han impulsado diversas iniciativas diplomáticas bajo el paraguas de la ONU, como las negociaciones de Ginebra, así como procesos paralelos como el de Astaná. También se han establecido alto el fuego puntuales y corredores humanitarios. Pese a algunos avances limitados, no se ha logrado una paz duradera. El conflicto sigue marcado por la división territorial, la crisis humanitaria y la dificultad de llegar a una solución política inclusiva que garantice estabilidad, reconstrucción y reconciliación en el país.
Kurdos contra turcos
Los conflictos armados entre los kurdos y el Estado turco tienen su origen en la reivindicación histórica de autonomía y derechos culturales por parte del pueblo kurdo, que habita una región repartida entre Turquía, Siria, Irak e Irán. En Turquía, la discriminación lingüística, la negación de reconocimiento como pueblo y la marginación política han generado persistentes tensiones. La principal causa del conflicto moderno es la lucha del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), fundado en 1978, por lograr mayor autonomía y reconocimiento de los derechos kurdos.
La evolución del conflicto ha estado marcada por enfrentamientos armados intermitentes desde principios de los años 80, con ataques guerrilleros del PKK y operaciones militares del ejército turco. Pese a varios intentos de diálogo, la violencia ha persistido, con cientos de miles de muertos y un fuerte impacto sobre civiles. Durante los años 90 y 2000, se produjeron desplazamientos masivos y represión estatal, mientras que la crisis en Siria favoreció nuevas tensiones y expansión de actores kurdos más allá de las fronteras.
Por lo que se refiere a las acciones para conseguir la paz, se han impulsado procesos de negociación intermitentes, como los acuerdos de 2013-2015, que fracasaron, y medidas limitadas de reconocimiento cultural y político. La comunidad internacional ha intentado mediar, pero la resolución definitiva sigue bloqueada por la desconfianza mutua y la persistencia de la violencia. La paz duradera requeriría un acuerdo político integral que garantice autonomía, derechos civiles y seguridad para los kurdos en el marco turco.